lunes, 12 de enero de 2026
Saboreo tu pecado
domingo, 11 de enero de 2026
En el álbum de los acontecimientos rotos
sábado, 10 de enero de 2026
Sobre las sábanas de tu regazo.
viernes, 9 de enero de 2026
Geografía de tu Ausencia
Relato VIII -La Rutina que Conduce al Abismo
La Rutina que Conduce al Abismo
Los días corrían teñidos de guerra, y en El Salvador los escuadrones de la muerte sembraban el miedo a plena luz. En la Universidad de El Salvador, el movimiento estudiantil latía al compás de la lucha política, y mi aporte, como el de tantos otros en tiempos convulsos, era un grano de sal en el torbellino. En la UES, la resistencia era cotidiana: planificar manifestaciones, organizar el quehacer universitario, vivir.
Y es ahí, en lo habitual, donde anida el peligro. La rutina se convierte en un camino previsible, y el previsible es vulnerable. Así me sucedió.
Cada mañana entraba temprano a la UES, y al caer la tarde, entre las cuatro y las cinco, partía en busca de mi novia. Nuestro encuentro era siempre en su trabajo y junto ir al autobús que nos llevaría al centro de San Salvador. Una tarde más, una tarde que parecía igual a las anteriores, iba sentado en las butacas traseras, pegado a la puerta. De pronto, sentí sobre mí la mirada fija de un hombre. Me alarmé y comencé a observar con disimulo. Entonces descubrí a otro, con idéntica intensidad en los ojos. Eran dos jóvenes bien vestidos, de apariencia informal, pero con ese detalle siniestro: la “mariconera”, ese bolso donde los escuadrones solían llevar el arma.
De repente, no eran dos. Eran cinco. Cinco rostros imperturbables formando un círculo tácito a mi alrededor. Yo estaba junto a la salida; un movimiento brusco y podría saltar, huir. Pero no estaba solo. Junto a mí, mi novia, y esa era una responsabilidad sagrada. Al aproximarnos al mercado central, rumbo al parque Libertad, la tensión se enroscaba en mi pecho. El miedo, agudo y frío, recorría mis venas con el presentimiento del secuestro.
Inclinándome hacia su oído, le dije en voz baja: “Nos bajamos en el parque, frente a la Iglesia del Rosario”. Así lo hicimos. Bajamos corriendo, tomados de la mano, y corrimos hacia otro autobús que avanzaba por la Avenida, hacia el Reloj de Flores. Pero al subir, el corazón se me heló: ellos también habían abordado. Entonces le confesé a mi novia: “Nos siguen desde la universidad. Tenemos que actuar”.
Íbamos en la ruta 3, vía Soyapango. En medio del tráfico, decidido, le dije: “Nos tiramos con el autobús en marcha”. Bajamos en plena calle, y caminamos hacia adelante, evitando las aceras. De pronto, los cinco caminaban paralelos a nosotros: ellos en la vereda, nosotros en el asfalto. Corrimos hacia otro bus detenido por el semáforo y subimos. Pero en la parada de La Constancia, donde se agolpaba la gente, vi a uno de ellos llegar corriendo. Nuestras miradas se cruzaron por un instante cortante como un cuchillo. Subió de inmediato.
Ya en marcha, por el bulevar del Ejército, cerca de la entrada a Amatepeque, mi novia me susurró: “Adolfo, esos tipos no dejan de mirarte”. Volteé. Todos estaban ahí, sus mariconeras marcando el volumen pesado de un arma. Lo vi con claridad: el metal se delataba bajo la tela, balanceándose con el movimiento del bus.
Reflexioné un segundo, que fue una eternidad. Le dije a mi novia, con calma forjada en el miedo: “Vamos a saltar otra vez. Inclínate hacia atrás al caer”. Y así, frente a BoniDiscos, nos lanzamos al vacío de la calle. Corrimos desesperados hacia el mercado de Soyapango, perdiéndonos entre la multitud, buscando la salida que nos llevara a refugio, a la casa de mi madre.
Y debo decirlo, ahora que la memoria lo reclama: mi novia llevaba en su vientre tres meses de vida.
Así fue, en una tarde cualquiera convertida en pesadilla, como escapé una más de las tantas veces que la muerte rondó disfrazada de rutina.
aapayés
jueves, 8 de enero de 2026
Cuando tu nombre resuena.
miércoles, 7 de enero de 2026
En el acuario infinito del olvido
martes, 6 de enero de 2026
Vibras como el cielo
Relato VII. -La UES La última cena.
El aire caliente del verano olía a tiza, a tierra reseca y a tinta fresca de mimeógrafo. Nuestro mundo era aquel local de la Unión Consecuente, enclavado entre las cabañas de Humanidades, frente al silencio oscuro de las cabañas de Idiomas. Los días se consumían en el ritmo lento pero urgente de la memoria: reuniones, planes, la sombra larga de las fechas que se acercaban. Julgaba sobre nosotros, imborrable, el 30 de julio. El eco de los disparos en la pasarela del Seguro Social, unas cuadras abajo del Hospital Rosales, aún resonaba en el asfalto y en nuestros carteles. Era la herida que la represión de Molina había abierto y que nosotros, con brochas, papeles y palabras, intentábamos mantener viva.
Por eso, esa noche, días antes del aniversario, el local bullía. Decidimos quedarnos, trabajar mientras la ciudad dormía. De algún modo, entre todos, habíamos conjurado una cena. Cada uno aportó lo que pudo: un trozo de pan, unas frutas, algo de queso. No era fastuosa, pero en su sencillez era un banquete, un acto de resistencia compartida. La mesa, grande y desvencijada, se llenó de aquella comida humilde que sabía a comunidad, a un breve y frágil momento de paz. Agradecimos en silencio. No era común tener tanto.
La tregua fue breve. Como a las diez u once, la sombra de un custodio se pegó a la ventanilla del bunker. Su voz, un susurro áspero, nos heló la sangre: “El ejército entró por Derecho”. El aire se espesó. De inmediato, el instinto de seguridad se apoderó de nosotros. “Flecha” me miró: “Salí a verificar”. Asentí, y salí a la noche.
El campus era un laberinto de sombras y silencio. Me parapeté junto a un árbol en la esquina de las cabañas de Idiomas, cerca de las aulas de Física, con la vista clavada hacia Biología. La oscuridad era mi único escudo. Y entonces, los vi.
Emergió primero un solo soldado, un fantasma con casco y fusil. Y detrás, una procesión siniestra, una serpiente de pesadilla que se deslizaba en el silencio: filas combinadas de ejército, policía, guardia nacional, hacienda. Pasaron a seis o siete metros de mí. Conté, con el corazón golpeándome los oídos, unos cincuenta efectivos. Avanzaron por el pasillo de Física, se perdieron tras Biología, rumbo a Periodismo, para luego torcer hacia Ingeniería, Agronomía… un lento y metódico cerco que describía un círculo fatal, de vuelta hacia el Consejo Superior, el parqueo de Psicología, y finalmente, hacia nuestro pasillo. Hacia nosotros.
Corrí. La confirmación que llevaba era un nudo de hielo en la garganta. “Sí, están aquí”. Las órdenes fueron rápidas: a Víctor y a mí nos destinaron afuera, como ojos en la penumbra. Nos refugiamos en la primera aula de Idiomas, a pocos pasos del local. Desde allí, entre sombras, observábamos.
Pasada las once y media, la silueta del primer soldado recortó el pasillo. Se detuvieron frente a a la puerta. El despliegue fue un ballet macabro: uno a cada lado del marco, otro en el centro, otros en las esquinas del local, algunos desvaneciéndose hacia la parte trasera. El que estaba en el centro alzó el puño y golpeó la puerta. Toc, toc, toc. El sonido era seco, obsceno, en la quietud total. Allí se quedaron, inmóviles, durante diez minutos eternos.
Víctor y yo, desde nuestro escondite, conteníamos la respiración. Mi mente, en medio del estrés que agrietaba todo pensamiento, ya dibujaba el final: una balacera súbita, el cuerpo desplomado bajo los follajes de las cabañas de Idiomas, la última noche. Me vi ahí, tendido muerto, mientras los árboles susurraban indiferentes.
Pero el milagro, o el capricho del miedo ajeno, ocurrió. No entraron. Tras esos minutos de tensión insoportable, dieron media vuelta. Los vi marcharse, la misma fila fantasmal, desfilando una vez más frente a mi escondite, alejándose en la oscuridad.
Más tarde, los compañeros, con los rostros aún pálidos, me contaron lo que había sucedido al otro lado de la puerta. Habían estado apostados allí, listos, escuchando cada rumor. Oyeron la voz ronca de un soldado: “Entramos, la puerta está abierta…”.
Hubo una pausa. Luego, otra voz, cargada de una duda súbita o de un temor supersticioso, cortó el aire: “¡No!”.
Y se marcharon.
Así vivimos nuestra última cena. No hubo vino ni pan consagrado, sino el sabor agridulce de la comida compartida y el metal de la angustia. Esa noche, el ejército combinado, violando la autonomía universitaria, armado hasta los dientes, había entrado en nuestro santuario. Y se había ido, dejándonos con el sabor del miedo, la sombra de la muerte, y la frágil, temblorosa certeza de que, por esa vez, la historia había pasado de largo, rozándonos con sus garras heladas
aapayés
lunes, 5 de enero de 2026
Sosegado
domingo, 4 de enero de 2026
Vértice de un silencio
sábado, 3 de enero de 2026
Ecos de lo Inasible
viernes, 2 de enero de 2026
Un poema sin órganos
jueves, 1 de enero de 2026
En el limbo de tu cintura
miércoles, 31 de diciembre de 2025
Bebo los minutos que se negaron a nacer
martes, 30 de diciembre de 2025
En el asilo de la nada
lunes, 29 de diciembre de 2025
En el silencio estelar de la vida.
domingo, 28 de diciembre de 2025
Disparé Silencios
sábado, 27 de diciembre de 2025
En el frasco del recuerdo
viernes, 26 de diciembre de 2025
Solvente
jueves, 25 de diciembre de 2025
La cruel riqueza de tu belleza
Relato VI un disparo marcando el destino
Era una noche de verano de 1965, una noche cargada de un calor denso y de recuerdos recientes del temblor. Yo dormía en un centro de refugiados, un lugar provisional para almas desplazadas por el gran terremoto que había sacudido San Salvador aquel lejano 5 de mayo. La quietud era un frágil velo sobre el miedo.
De pronto, la oscuridad se rasgó. Un grito, desgarrador y agudo, atravesó el silencio como un cristal quebrado. Era el llanto de un niño de dos años, arrancado del sueño no por una pesadilla, sino por el estallido seco, brutal, de un fusil. Un soldado, en un juego fatal con su arma, había dejado escapar un disparo a la noche.
Al clamor del pequeño, respondió el corazón desesperado de dos mujeres. Su madre y su hermana se levantaron como sombras veloces, guiadas únicamente por el hilo de angustia que trenzaba aquel llanto. Corrieron hacia el sonido, un sonido que ya se teñía de un presagio amargo.
Al llegar, el aire se les heló en el pecho. Allí, bañado en un rojo oscuro, estaba el niño. La bala, ciega y violenta, le había atravesado la mano derecha, junto al corazón inocente que latía bajo su pecho. La sangre manaba, pintando un mapa de dolor sobre su piel.
Su hermana, con un valor nacido del puro terror, lo tomó en sus brazos, convirtiéndose en su altar y su baluarte. Los gritos de auxilio se mezclaron con el llanto ahogado de la madre, formando un coro desolado que imploraba a la noche. Así, entre la urgencia y la desesperación, lo trasladaron como un frágil tesoro herido al hospital.
Lo operaron de la mano derecha. Salvaron su vida, pero no pudieron borrar la huella. La cicatriz quedó, no solo en su carne infantil, sino en el lienzo de su destino. Aquel disparo, escapado de un juego insensato en una noche de verano, se convirtió en la marca indeleble que, para siempre, narraría su vida: una historia que comenzó con un estallido, un grito, y el rojo oscuro de la sangre bajo la luna de 1965
aapayés
miércoles, 24 de diciembre de 2025
Bebiendo el sexo de la discordia
martes, 23 de diciembre de 2025
En el acantilado del tiempo.
lunes, 22 de diciembre de 2025
Mi Compromiso
domingo, 21 de diciembre de 2025
En los labios de quien amo
Relato V - Metamorfosis de la oruga a Mariposas Amarillas
Eran los vientos de octubre los heraldos del cambio. Cada año, en los umbrales de ese mes que despedía al verano y daba la bienvenida a noviembre, un milagro se gestaba en la pequeña escuela lindante con el bosquecito. Los árboles, antaño vestidos de un verde oruga, «cuetanos», se transfiguraban, adoptando un verde fluorescente que parecía alterar la propia textura del tiempo.
A un lado se erguía la Escuela Nacional de Comercio (ENCO), y frente a ella, se extendía el vasto espacio al que llamábamos cariñosamente «el bosquecito». Era un rincón que, bajo el cuidado de Sor Thelma, se había convertido en un oasis sereno: un jardín donde las ninfas descansaban sobre el espejo de agua de pequeñas piletas, emanando una frescura que era un bálsamo en el clímax del calor.
Aquellos mismos árboles, poseídos por su verde luminoso de los cuetanos, culminaban su silenciosa metamorfosis en el mes de noviembre. No era solo un cambio de color; era una transmutación. Los orugas «gusanos» se desprendían, sí, pero para convertirse en un enjambre de mariposas amarillas. Liberadas de su forma arbórea, iniciaban una danza etérea, meciéndose al compás del viento sobre la planicie de la cancha de fútbol, junto a la escuelita que colindaba con el dormitorio de varones -aquel que años más tarde se transformaría en el prestigioso Bachillerato de Artes, el CENAR-.
Desde la lejanía, frente al auditorio y la cancha de baloncesto, el espectáculo era sobrecogedor. Se veía cómo oleadas de estos seres alados, como un manto dorado y viviente, ondulaban al unísono, creando y deshaciendo formas en el aire. Era una escena de pura maravilla: caminar por aquella cancha del Hogar del Niño era como avanzar sobre un tapiz de sueños, sintiendo cómo las mariposas acariciaban el espacio a su alrededor, rozando la piel y el alma con su vuelo ligero.
Con el paso de los años, aquel fenómeno fue desvaneciéndose hasta esfumarse por completo. Nunca más volví a ser testigo de ese sublime espectáculo que los vientos frescos de octubre, noviembre y diciembre nos regalaban. Un regalo que coincidía con las vacaciones escolares de fin de año, un tiempo en el que, paradójicamente, la euforia estudiantil cedía su lugar a una soledad impregnada de belleza.
Hoy no es más que una caricia en la memoria, un susurro nostálgico de lo que fue la Casa Nacional del Niño, conocido por todos como el Hogar del Niño - San Vicente de Paúl, en San Jacinto, San Salvador. Un instante de magia natural, efímero y eterno, grabado a fuego en el recuerdo.
aapayés
sábado, 20 de diciembre de 2025
Duerme
viernes, 19 de diciembre de 2025
En la literatura del olvido
jueves, 18 de diciembre de 2025
En la cama de tu cuerpo
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Conversando a solas
martes, 16 de diciembre de 2025
La poesía que inventamos.
lunes, 15 de diciembre de 2025
Ante los muertos de mis deseos
domingo, 14 de diciembre de 2025
Acaricio tu ausencia
En algún lugar de El Salvador
sábado, 13 de diciembre de 2025
Relato III de un prisionero político en las carceles clandestina de El Salvador
El Cáliz de la Infamia
Eran los días del secuestro y la desaparición, una época en la que el tiempo perdía su ritmo y la oscuridad se volvía tangible. Mi existencia se había contraído hasta caber en un limbo de ceguera y dolor perpetuo: vendado, semidesnudo, con los brazos inmovilizados a la espalda por esposas que mordían la carne. Un short era mi única prenda en aquellas mazmorras de los escuadrones de la muerte.
Incontables horas se habían acumulado, despojadas del consuelo del alimento o una sola gota de agua, mientras era sometido al suplicio insomne de permanecer de pie. Mi cuerpo, un fardo exánime, era arrastrado en las madrugadas lúgubres hacia otro antro, un lugar helado donde el dolor se aplicaba con saña metódica. Tras cada sesión, regresaba a mi encierro como un despojo, medio muerto por los choques eléctricos, la capucha asfixiante y la violencia innombrable que todo lo habitaba. Y cuando el agotamiento quebrantaba los últimos vestigios de mi voluntad y me derrumbaba sobre el suelo frío, la respuesta era inmutable: una lluvia de golpes que, a fuerza de brutalidad, me obligaba a erguirme de nuevo, a persistir en aquel suplicio sin horizonte.
Exhausto, al borde mismo de la disolución, sentía cómo la deshidratación agrietaba mi garganta y nublaba mi razón, convirtiendo cada pensamiento en una sombra. Fue entonces cuando, en un acto de puro instinto animal, decidí arrastrarme. A ciegas, guiado solo por el tacto de mis pies sobre la losa fría, me deslicé hacia el rincón donde intuía el baño. Me incliné sobre la taza del retrete y, en un gesto de suprema humillación, hundí la cabeza en su interior para beber.
El primer sorbo fue un veneno: un líquido espeso, de un sabor y hedor a orines y excremento que se me antojó insufrible. Pero, bajo el asco inmediato, brotó un alivio primitivo, un espasmo de vida que mi cuerpo, desesperado, reclamaba a gritos. Y volví a sumergirla. Una y otra vez, en un rito macabro, apagué mi sed con el agua putrefacta de aquel lugar.
Días después, tras otra vuelta de calvario en las celdas de tortura, repté nuevamente hacia el mismo rincón. Vencido por la necesidad, me incliné y hundí el rostro en la taza. Pero esta vez, mis labios y mi bigote no encontraron solo la humedad nauseabunda, sino la masa sólida y repulsiva de los excrementos. Una náusea visceral, surgida de lo más hondo de mi ser, me recorrió entero. Arranqué la cabeza hacia atrás con un espasmo y con las manos aún prisioneras a mi espalda, inicié un ritual de purificación desesperado del agua putrefacta, una y otra vez vaciando aquella agua inmunda, la suciedad tangible, sino la mancha indeleble de la humillación. Hasta que, agotado y vencido, no me quedó más consuelo que inclinarme de nuevo y reanudar el sacrilegio, bebiendo, una vez más, de aquel cáliz de podredumbre en las mazmorras clandestinas de los escuadrones de la muerte en El Salvador.
aapayés


















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