Microbiografía de Adolfo Payés

Bertolt Brecht

Bertolt Brecht

lunes, 12 de enero de 2026

Saboreo tu pecado




















Mi tentación
aniquila el deseo
de escribir.

Un beso en tus pechos,
una caricia
en el pubis de tu presencia.

Que la pasión
por la poesía
me lleve a la lectura
de tu cuerpo,
a la desnudez
de besar
tus versos húmedos
de secreto.

Libido, pasión
en mi lengua:
saboreo tu pecado.

Mi tentación
es la poesía
que me lleva a tu cuerpo desnudo,
convertido en versos.

aapayés

domingo, 11 de enero de 2026

En el álbum de los acontecimientos rotos















La poesía es un reloj de miel que sueña
donde el alma abre sus ventanas cuadradas
y el amor -abismal, seglar-
es un pez de yeso nadando en el té de lo cierto,
mientras lo incierto cosecha estrellas verdes
en la melancolía líquida del tiempo.

Silencio permanente, pensamiento de mármol blando.
Abanico de tentaciones que florecen en la muñeca.
Delirio emocional de la vida que se deshilacha
como un vestido antiguo bajo la lluvia de números.

La soledad es un violín de sal
tocando la memoria descalza,
interior abandonado
en el álbum de los acontecimientos rotos.

La poesía es el instante en que la lámpara escribe sola,
trasciende el tiempo como un árbol que camina,
algoritmo de jade que palpita
en las venas literarias del pensamiento,
oriundo del beso entre la vida y la muerte,
amor que es una escalera de seda
subiendo por la espalda del silencio.

La poesía es el éxtasis del espejo que siente todo en uno:
alma de cristal ahumado,
amor de sombra proyectada,
mujer eterna que amamanta relámpagos.

Un beso al mundo exquisito de la poesía,
donde los versos son semillas de eco
y las palabras crecen con raíces de aire.

aapayés

sábado, 10 de enero de 2026

Sobre las sábanas de tu regazo.




















En la cabecera ausente
de mis sueños, encontré
los pergaminos que un día
descifraron la nostalgia
y acumularon la riqueza
de tu belleza.

Dormidos yacían,
y no pude leer
-ni siquiera el título-
de tu memoria escrita
sobre las sábanas de tu regazo.

Los pergaminos
que un día leímos juntos
se cubrieron
con el polvo del tiempo
en este océano de la vida.

aapayés

viernes, 9 de enero de 2026

Geografía de tu Ausencia




















Recorrí la historia
como la vida imaginaria
de tu cuerpo.
Me leí a solas
el jardín de tu belleza.

Conté los poros,
tus lunares,
tus cicatrices,
tu memoria bajo mis yemas.
Y sin saber por qué,
pensé en el horizonte
de tu tentación:
un poquito de allá,
un poquito de acá,
y todo se unió.

Sin darme cuenta,
compuse la ilusión
de tenerte a mi lado.
Pero no estabas tú,
solo el deseo de amar,
de amarte y de sentir
una lágrima de tu presencia
humedeciendo mis versos.

Tampoco estabas tú
leyendo la poesía
que por siglos, por ti,
palpitaba en mis vísceras,
en mis sueños,
en todo… menos en ti.

Para ti escribí poesía,
por ti lo di todo,
sin pensar,
sin temor a seguir amándote
el resto de mi vida.

Y sí,
tampoco estabas tú,
allá,
aquí conmigo.

Y sin ti, la poesía
es un universo sin astros,
sin las constelaciones
que concatenan el ritmo
de la existencia.

Y aun así, recorrí la historia
sin ti.
Y sin embargo, pienso en ti.
Sigo creyendo en ti,
sigo amándote,
sigo sintiéndote,
sigo escribiendo por ti,
sigo soñándote
como el primer día
que hicimos el amor,
leyéndonos,
mirándonos.

Y recorrí la historia de amor
por ti.

aapayés

Relato VIII -La Rutina que Conduce al Abismo









La Rutina que Conduce al Abismo

Los días corrían teñidos de guerra, y en El Salvador los escuadrones de la muerte sembraban el miedo a plena luz. En la Universidad de El Salvador, el movimiento estudiantil latía al compás de la lucha política, y mi aporte, como el de tantos otros en tiempos convulsos, era un grano de sal en el torbellino. En la UES, la resistencia era cotidiana: planificar manifestaciones, organizar el quehacer universitario, vivir.

Y es ahí, en lo habitual, donde anida el peligro. La rutina se convierte en un camino previsible, y el previsible es vulnerable. Así me sucedió.

Cada mañana entraba temprano a la UES, y al caer la tarde, entre las cuatro y las cinco, partía en busca de mi novia. Nuestro encuentro era siempre en su trabajo y junto ir al autobús que nos llevaría al centro de San Salvador. Una tarde más, una tarde que parecía igual a las anteriores, iba sentado en las butacas traseras, pegado a la puerta. De pronto, sentí sobre mí la mirada fija de un hombre. Me alarmé y comencé a observar con disimulo. Entonces descubrí a otro, con idéntica intensidad en los ojos. Eran dos jóvenes bien vestidos, de apariencia informal, pero con ese detalle siniestro: la “mariconera”, ese bolso donde los escuadrones solían llevar el arma.

De repente, no eran dos. Eran cinco. Cinco rostros imperturbables formando un círculo tácito a mi alrededor. Yo estaba junto a la salida; un movimiento brusco y podría saltar, huir. Pero no estaba solo. Junto a mí, mi novia, y esa era una responsabilidad sagrada. Al aproximarnos al mercado central, rumbo al parque Libertad, la tensión se enroscaba en mi pecho. El miedo, agudo y frío, recorría mis venas con el presentimiento del secuestro.

Inclinándome hacia su oído, le dije en voz baja: “Nos bajamos en el parque, frente a la Iglesia del Rosario”. Así lo hicimos. Bajamos corriendo, tomados de la mano, y corrimos hacia otro autobús que avanzaba por la Avenida, hacia el Reloj de Flores. Pero al subir, el corazón se me heló: ellos también habían abordado. Entonces le confesé a mi novia: “Nos siguen desde la universidad. Tenemos que actuar”.

Íbamos en la ruta 3, vía Soyapango. En medio del tráfico, decidido, le dije: “Nos tiramos con el autobús en marcha”. Bajamos en plena calle, y caminamos hacia adelante, evitando las aceras. De pronto, los cinco caminaban paralelos a nosotros: ellos en la vereda, nosotros en el asfalto. Corrimos hacia otro bus detenido por el semáforo y subimos. Pero en la parada de La Constancia, donde se agolpaba la gente, vi a uno de ellos llegar corriendo. Nuestras miradas se cruzaron por un instante cortante como un cuchillo. Subió de inmediato.

Ya en marcha, por el bulevar del Ejército, cerca de la entrada a Amatepeque, mi novia me susurró: “Adolfo, esos tipos no dejan de mirarte”. Volteé. Todos estaban ahí, sus mariconeras marcando el volumen pesado de un arma. Lo vi con claridad: el metal se delataba bajo la tela, balanceándose con el movimiento del bus.

Reflexioné un segundo, que fue una eternidad. Le dije a mi novia, con calma forjada en el miedo: “Vamos a saltar otra vez. Inclínate hacia atrás al caer”. Y así, frente a BoniDiscos, nos lanzamos al vacío de la calle. Corrimos desesperados hacia el mercado de Soyapango, perdiéndonos entre la multitud, buscando la salida que nos llevara a refugio, a la casa de mi madre.

Y debo decirlo, ahora que la memoria lo reclama: mi novia llevaba en su vientre tres meses de vida.

Así fue, en una tarde cualquiera convertida en pesadilla, como escapé una más de las tantas veces que la muerte rondó disfrazada de rutina.

aapayés

jueves, 8 de enero de 2026

Cuando tu nombre resuena.




















Bebo el vacío
de un sorbo imaginario
que fluye por mis grietas
y en el centro abierto
hacia todo lo posible.

Pero eres ausencia.
Solo el rastro del alba
de lo que pudo ser:
un eco de labios
en el día del no-adios.

Un umbral suspendido
y la caída vertical
cuando tu nombre resuena.

Bebo el tiempo
que nunca aconteció
en los desiertos del tacto
perdido en el ángulo ciego.

Bebo el silencio
de lo no dicho
el fuego que digirió la memoria
geometría de un vértigo
deseo asimétrico
en el lecho de todos los posibles.

Y aquí permanezco
habiéndome bebido el mundo
en tu no-estar.

aapayés

miércoles, 7 de enero de 2026

En el acuario infinito del olvido















Mi expediente proyectaba una sombra líquida
que mojaba las paredes del tiempo.
En sus reflejos, tu rostro era un espejo vacío
y yo solo el eco de un nombre mal escrito.

Al navegar sus páginas pálidas,
encontré un poema con extremidades amputadas,
flotando en formol de silencio.
Y en su tinta evaporada,
leí tu desaparición geometrizada.

La penumbra del expediente era un animal quieto
que devoraba mi alma con dientes de algodón.
La vaciaba hasta dejarla transparente:
cristal opaco que cantaba,
espejismo con huesos rotos,
ángel caído en un océano de mármol.

Las palabras eran mariposas ciegas
quemando sus propias alas en lámparas de razón.
El verbo imaginario, un fauno pálido,
danzaba sobre las ruinas del sentido,
mientras su retórica de humo
cristalizaba en flores de sal.

Al final, la penumbra era un río negro
donde mi infancia nadaba con branquias de papel,
convirtiéndose en un pez de tinta
en el acuario infinito del olvido.

aapayés

martes, 6 de enero de 2026

Vibras como el cielo














Aquí permanezco,
con una imagen del silencio
que me dice todo lo que contigo
nunca supe expresar.

Y vibras como el cielo
en una tormenta de invierno;
sus rayos y truenos
son esos sentimientos
que no supe nombrar,
los días de un amor sin amar.

Y sigo aquí,
como siempre,sin entender
la vida que un día soñamos vivir

aapayés

Relato VII. -La UES La última cena.












El aire caliente del verano olía a tiza, a tierra reseca y a tinta fresca de mimeógrafo. Nuestro mundo era aquel local de la Unión Consecuente, enclavado entre las cabañas de Humanidades, frente al silencio oscuro de las cabañas de Idiomas. Los días se consumían en el ritmo lento pero urgente de la memoria: reuniones, planes, la sombra larga de las fechas que se acercaban. Julgaba sobre nosotros, imborrable, el 30 de julio. El eco de los disparos en la pasarela del Seguro Social, unas cuadras abajo del Hospital Rosales, aún resonaba en el asfalto y en nuestros carteles. Era la herida que la represión de Molina había abierto y que nosotros, con brochas, papeles y palabras, intentábamos mantener viva.

Por eso, esa noche, días antes del aniversario, el local bullía. Decidimos quedarnos, trabajar mientras la ciudad dormía. De algún modo, entre todos, habíamos conjurado una cena. Cada uno aportó lo que pudo: un trozo de pan, unas frutas, algo de queso. No era fastuosa, pero en su sencillez era un banquete, un acto de resistencia compartida. La mesa, grande y desvencijada, se llenó de aquella comida humilde que sabía a comunidad, a un breve y frágil momento de paz. Agradecimos en silencio. No era común tener tanto.

La tregua fue breve. Como a las diez u once, la sombra de un custodio se pegó a la ventanilla del bunker. Su voz, un susurro áspero, nos heló la sangre: “El ejército entró por Derecho”. El aire se espesó. De inmediato, el instinto de seguridad se apoderó de nosotros. “Flecha” me miró: “Salí a verificar”. Asentí, y salí a la noche.

El campus era un laberinto de sombras y silencio. Me parapeté junto a un árbol en la esquina de las cabañas de Idiomas, cerca de las aulas de Física, con la vista clavada hacia Biología. La oscuridad era mi único escudo. Y entonces, los vi.

Emergió primero un solo soldado, un fantasma con casco y fusil. Y detrás, una procesión siniestra, una serpiente de pesadilla que se deslizaba en el silencio: filas combinadas de ejército, policía, guardia nacional, hacienda. Pasaron a seis o siete metros de mí. Conté, con el corazón golpeándome los oídos, unos cincuenta efectivos. Avanzaron por el pasillo de Física, se perdieron tras Biología, rumbo a Periodismo, para luego torcer hacia Ingeniería, Agronomía… un lento y metódico cerco que describía un círculo fatal, de vuelta hacia el Consejo Superior, el parqueo de Psicología, y finalmente, hacia nuestro pasillo. Hacia nosotros.

Corrí. La confirmación que llevaba era un nudo de hielo en la garganta. “Sí, están aquí”. Las órdenes fueron rápidas: a Víctor y a mí nos destinaron afuera, como ojos en la penumbra. Nos refugiamos en la primera aula de Idiomas, a pocos pasos del local. Desde allí, entre sombras, observábamos.

Pasada las once y media, la silueta del primer soldado recortó el pasillo. Se detuvieron frente a a la puerta. El despliegue fue un ballet macabro: uno a cada lado del marco, otro en el centro, otros en las esquinas del local, algunos desvaneciéndose hacia la parte trasera. El que estaba en el centro alzó el puño y golpeó la puerta. Toc, toc, toc. El sonido era seco, obsceno, en la quietud total. Allí se quedaron, inmóviles, durante diez minutos eternos.

Víctor y yo, desde nuestro escondite, conteníamos la respiración. Mi mente, en medio del estrés que agrietaba todo pensamiento, ya dibujaba el final: una balacera súbita, el cuerpo desplomado bajo los follajes de las cabañas de Idiomas, la última noche. Me vi ahí, tendido muerto, mientras los árboles susurraban indiferentes.

Pero el milagro, o el capricho del miedo ajeno, ocurrió. No entraron. Tras esos minutos de tensión insoportable, dieron media vuelta. Los vi marcharse, la misma fila fantasmal, desfilando una vez más frente a mi escondite, alejándose en la oscuridad.

Más tarde, los compañeros, con los rostros aún pálidos, me contaron lo que había sucedido al otro lado de la puerta. Habían estado apostados allí, listos, escuchando cada rumor. Oyeron la voz ronca de un soldado: “Entramos, la puerta está abierta…”.

Hubo una pausa. Luego, otra voz, cargada de una duda súbita o de un temor supersticioso, cortó el aire: “¡No!”.

Y se marcharon.

Así vivimos nuestra última cena. No hubo vino ni pan consagrado, sino el sabor agridulce de la comida compartida y el metal de la angustia. Esa noche, el ejército combinado, violando la autonomía universitaria, armado hasta los dientes, había entrado en nuestro santuario. Y se había ido, dejándonos con el sabor del miedo, la sombra de la muerte, y la frágil, temblorosa certeza de que, por esa vez, la historia había pasado de largo, rozándonos con sus garras heladas

aapayés

lunes, 5 de enero de 2026

Sosegado


 
 
 
 
 
 
 
 
 
Sosegado 
Por la incoherencia matinal
me sobrevino
un arcoíris de imágenes
que acariciaban
el menester placer de tenerte
con una caricia huérfana
del viento moliendo
el verso de amarte.

Y supe, sin darme cuenta,
que la imaginación
es un parásito del placer,
un deseo abandonado
en el hospicio del olvido.

Sosegado
y ausente de ti,
me inclino a la partida
para escribir
un verso en el malecón
de tu silencio desnudo,
con la ingenuidad
de un colibrí que busca miel.

Te dejo
y me inclino
al placer de leer
tu cuerpo en primavera
y, en invierno,
al calor de tu ausencia.

aapayés

domingo, 4 de enero de 2026

Vértice de un silencio




















Existe una geometría
de la partida.
Una de sus aristas
-corte de luz en el vacío-
es la palabra que se congela
antes del labio,
el vértice de un silencio.

Girar sobre uno mismo
es una forma del camino.
Avanzar con la sombra
como única ofrenda,
mientras la mano
-sin querer-
firma el primer pacto
con lo que aguarda.

Hay un archipiélago
de besos en la bruma.
Solo uno es mapa:
la quemadura intacta,
la forma que perdura
cuando se desdibujan
todos los contornos.

aapayés

sábado, 3 de enero de 2026

Ecos de lo Inasible















Un sonido que todos repiten,
una sílaba gastada en el viento,
un río seco en los labios.

Habitan un mundo de ruinas,
donde todo gesto puro
es un jeroglífico a la intemperie.

El beso que es un eclipse,
la caricia, geografía fugaz,
el abrazo, arquitectura del vacío,
la mirada, un espejo empañado.

Solo la palabra que nace del silencio,
puede, con su luz suave,
acariciar el alma desnuda
del que espera oírla.

Es la raíz del grito y del silencio,
la savia secreta del instante,
la única respuesta
a la feroz pregunta de estar vivos.

aapayés

viernes, 2 de enero de 2026

Un poema sin órganos




















El eclipse del expediente se alzó.
Y en su negrura,
no eras más que un vacío.
Ni siquiera yo estaba allí.

Al recorrer sus páginas póstumas,
sólo hallé
un poema sin órganos.
Y en su gangrena,
confirmé tu no-existencia.

El eclipse del expediente creció.
Y al final,
mi alma se deshizo en tizne:
yerta y embriagada de nada,
obscena e innoble,
como un metal maldito en la niebla eterna.

Pudriéndose de sí misma,
la palabra mental,
ese espíritu elocuente,
incineró con su frío
la última semilla del sentido.

El eclipse del expediente consumió
hasta el polvo.
Y mi infancia fue un tumor en la página,
un cáncer de sílabas vanas
en el hospital del olvido.

aapayés

jueves, 1 de enero de 2026

En el limbo de tu cintura




















Tu silueta 
lleva escrito el verso
que funda lo eterno
con sólo aparecer.

Me desnudo
en el limbo de tu cintura,
piel hecha de umbral,
repitiendo el instante
en que fuimos
un solo intento de vuelo.

Tu figura:
geografía inminente
donde el infierno y el paraíso
se tocan.
Cielo de una ternura quieta,
volcán que arrasa con su lava
justo antes
de que arda la razón.

Tu imagen
es el claroscuro del poema,
oráculo que habla con la piel,
festín del sentido.
Es el punto final
que desnuda la lucidez
sobre el lecho del mundo.

aapayés

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Bebo los minutos que se negaron a nacer














Bebo la sombra de un sorbo
que inventa sus propias venas
en mi geografía invertida
y en el corazón abierto como un mapa
que se desdobla hacia todos los nunca.

Pero eres el vacío que respiro.
Solo la huella de una mañana
que nunca amaneció:
el reflejo de un beso
en el espejo del no-tiempo.

Una esquina que toca el infinito
y un abismo que pisa su propio fondo
cuando pienso en tu nombre de arena.

Bebo los minutos que se negaron a nacer
en los páramos de lo intangible
extraviado en el pliegue de lo que se olvida.

Bebo el eco del silencio
que no pudo contener
el incendio que se comió los espejos
álgebra de un delirio
deseo que desafía la gravedad
en el lecho de todos los imposibles.

Y aquí permanezco
habiéndome bebido los relojes
en tu eterna tal vez-existencia.

aapayés

martes, 30 de diciembre de 2025

En el asilo de la nada


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Plácido 
Por la fuga matinal
sobrevino
un arcoíris de sombras
acariciando
la necesidad de poseer
con una caricia huérfana
del viento pulverizando
el verbo amar.

Y supe, sin ser,
que la imaginación
es un parásito del goce,
un deseo recluido
en el asilo de la nada.

Sereno 
y vacío de ti,
me inclino hacia la fuga
para trazar
un verso en el espigón
de tu mudez desnuda,
con el temblor
de un colibrí en el néctar.

Me pierdo
y me inclino
al acto de leer
tu geografía en llamas
y, en la escarcha,
al calor de tu hueco.

aapayés

lunes, 29 de diciembre de 2025

En el silencio estelar de la vida.




















Ya lo dijo la luna:
"Si no encuentras el brillo del alma
en el firmamento,
será por la ausencia
de amor en tus ojos."

No mires a los lados,
no esperes nada de nadie.
Ama como te amas,
escuchando al alma
lo que gritan las vísceras.

Y yo aquí,
sosegado por el destierro,
cual imagen perfecta del olvido,
escribo un verso para ti.
Y el lucero se lo lleva,
cual beso ausente
en el silencio estelar de la vida.

aapayés

domingo, 28 de diciembre de 2025

Disparé Silencios




















Disparé silencios de ala fugaz,
para calmar la sed del tiempo ya perdido,
que removió el cristal de aquellos instantes,
los que dormían, mustios y vencidos,
en la urna de sombra del olvido.
Y no estabas tú.

Altura de un amor sin profanar,
aquel que un día,
con suavidad de rocío,
nutría el sueño infinito de tenerte.

Disparé silencios... y la voz se quebró.
Fue un eco sin respuesta en la llanura,
una caricia que se hizo destierro.

Disparé silencios hasta la madrugada,
y en mi boca nació un jardín de piedra.

aapayés

sábado, 27 de diciembre de 2025

En el frasco del recuerdo




















Abrazando tentaciones 
para acallar los anhelos perdidos
que remueven
esos instantes
que se ocultaban,
ya marchitos,
en el frasco del recuerdo.
Y no estabas tú.

La cima de un amor
inmaculado,
aquel que un día
le acariciaba al alma
con tan solo tenerte.

Nostalgias en silencio
y la voz naufragó.
Fue un eco sin respuesta,
una caricia sin regreso,
un puente hacia la nada.

Nostalgias 
y la noche se llenó de mudez.

aapayés

viernes, 26 de diciembre de 2025

Solvente
















Solvente
En la imposibilidad de ser
un algoritmo fiel
a tus anhelos;
una caricia aislada
sobre tu piel,
o un beso hundido sin retorno
en el mar del sentimiento.

Solvente,
esquivo y esquizofrénico,
de un despertar
en soledad,
ante el vasto llamado
de trazar
un verso
al borde del olvido.

Ya lo dije hace mil años,
cuando apenas
era polvo
en la estepa
de un mar seco,
allá en el lejano este de Mongolia.
Y fui desde entonces
grano de poesía
en la carne viva
de la tierra,
átomo errante,
aliento mínimo
en el cielo milenario
del canto.

Solvente,
al menos,
antes de convertirme
en sólo un suspiro
entre tus deseos.

aapayés

jueves, 25 de diciembre de 2025

La cruel riqueza de tu belleza




















¡Los pergaminos!
Aquellos que en su arrugada piel
grabaron a fuego la nostalgia más honda
y atesoraron, cual avaros,
la inmensa, la cruel riqueza de tu belleza…

¡Los encontré!
Yacían, moribundos, abandonados
en la gélida y yerta cabecera
de mis sueños rotos.
Y en un sollozo, quise leer…
mas fue en vano.
¡Mis ojos ciegos ni siquiera pudieron descifrar
el maldito título de tu nombre!

¡Oh, los pergaminos!
Aquellos que nuestras almas leyeran
en un éxtasis de juventud,
ya se cubren, ya se ahogan
bajo la ceniza gris del tiempo insomne,
hundiéndose para siempre
en el insondable, 
traicionero océano de esta vida.

aapayés

Relato VI un disparo marcando el destino









Era una noche de verano de 1965, una noche cargada de un calor denso y de recuerdos recientes del temblor. Yo dormía en un centro de refugiados, un lugar provisional para almas desplazadas por el gran terremoto que había sacudido San Salvador aquel lejano 5 de mayo. La quietud era un frágil velo sobre el miedo.

De pronto, la oscuridad se rasgó. Un grito, desgarrador y agudo, atravesó el silencio como un cristal quebrado. Era el llanto de un niño de dos años, arrancado del sueño no por una pesadilla, sino por el estallido seco, brutal, de un fusil. Un soldado, en un juego fatal con su arma, había dejado escapar un disparo a la noche.

Al clamor del pequeño, respondió el corazón desesperado de dos mujeres. Su madre y su hermana se levantaron como sombras veloces, guiadas únicamente por el hilo de angustia que trenzaba aquel llanto. Corrieron hacia el sonido, un sonido que ya se teñía de un presagio amargo.

Al llegar, el aire se les heló en el pecho. Allí, bañado en un rojo oscuro, estaba el niño. La bala, ciega y violenta, le había atravesado la mano derecha, junto al corazón inocente que latía bajo su pecho. La sangre manaba, pintando un mapa de dolor sobre su piel.

Su hermana, con un valor nacido del puro terror, lo tomó en sus brazos, convirtiéndose en su altar y su baluarte. Los gritos de auxilio se mezclaron con el llanto ahogado de la madre, formando un coro desolado que imploraba a la noche. Así, entre la urgencia y la desesperación, lo trasladaron como un frágil tesoro herido al hospital.

Lo operaron de la mano derecha. Salvaron su vida, pero no pudieron borrar la huella. La cicatriz quedó, no solo en su carne infantil, sino en el lienzo de su destino. Aquel disparo, escapado de un juego insensato en una noche de verano, se convirtió en la marca indeleble que, para siempre, narraría su vida: una historia que comenzó con un estallido, un grito, y el rojo oscuro de la sangre bajo la luna de 1965

aapayés

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Bebiendo el sexo de la discordia
















Soy sacrílego
de mis propios versos,
de la poesía absurda
que anida en los intestinos del olvido.

Soy un agujero negro
en el cielo ciego
de la discordia,
una sonrisa imaginaria
grabada en los aranceles del pensamiento.

Y no sé nada
de lo que siento,
de lo que late
en la inmaculada percepción
de un beso desnudo,
ciruleando
entre sombras,
un beso imaginario
en tu boca
con esa lengua tentadora
que acaricia el vacío,
bebiendo el sexo de la discordia.

Soy sacrílego
de la música discordante,
de la poesía
que nace en tus caderas
y en tus caricias,
atadas al cuerpo del poema,
a tu poesía.

aapayés

martes, 23 de diciembre de 2025

En el acantilado del tiempo.




















En la inminencia de no ser
código fiel
a tu geometría;
un roce suspendido
en el límite de la forma,
un naufragio de labios
en el territorio del tacto.

Doblado y desdoblado
en un amanecer
sin testigos,
en la vasta sed
de marcar un signo
en el acantilado del tiempo.

Ya estaba escrito en el sílex,
cuando era apenas
resto de luz
en la llanura
de un océano de silicio,
allá donde la geografía se desvanece.

Y fui, desde entonces,
partícula de canto
en el cuerpo del mundo;
eco sin origen,
resonancia mínima
en la bóveda antigua
del lenguaje.

Acaso,
antes de volverme
únicamente
fantasma de tu querer.

aapayés

lunes, 22 de diciembre de 2025

Mi Compromiso




















Mi compromiso
es con el silencio.
Con cada noche,
con cada instante en que la pluma
teje un verso sin sentido,
única y frágil arquitectura
para habitar el mundo.

Mi soledad,
arquitecta endógena
de un rompecabezas austero,
permanece
en la memoria marchita de un maizal,
en la planicie del alma.

Allí, un vítores anónimo
abro los brazos al sol,
y a la luna,
cuando necesito el calor
y el cariño nocturno
de su luz desnuda a mi lado.

Ante tal misterio, me inclino:
a tus pies,
a la armonía del silencio,
a la poesía de tu cuerpo.

Mi compromiso,
al fin,es con ella:
con la geografía sagrada
que tus formas trazan en la penumbra,
último y primero lenguaje,
mi único y verdadero pacto.

aapayés

domingo, 21 de diciembre de 2025

En los labios de quien amo




















Hay una amalgama
de despedidas.
Una es un"adiós"
tajante y claro
como el agua en las manos,
un beso que no llega,
un silencio.

Das la espalda
y te marchas.
Miras al frente,
llevas el alma en la mano
y escribes,
sin saberlo,
un verso de amor
por lo que ha de venir.

Existe una amalgama
de besos,
pero el que guardo
-el beso de amor,
de ternura y pasión-
es el que perdura
en los labios de quien amo

Se despiden los hombres
de muchas maneras.
Una es esta: un adiós
cortante y puro
como el agua que se escapa,
un beso que se calla,
un último suspiro.

Giras el cuerpo,
emprendes la marcha.
Avanzas con el alma
abierta en la palma,
y sin querer,
trazas el primer verso
de un nuevo poema de amor.

Hay un sinfín de besos
en la memoria,
pero solo uno arde:
aquel de amor,
de ternura y pasión,
el que hoy aún vive
en los labios que no olvido.

aapayés

Relato V - Metamorfosis de la oruga a Mariposas Amarillas












Eran los vientos de octubre los heraldos del cambio. Cada año, en los umbrales de ese mes que despedía al verano y daba la bienvenida a noviembre, un milagro se gestaba en la pequeña escuela lindante con el bosquecito. Los árboles, antaño vestidos de un verde oruga, «cuetanos», se transfiguraban, adoptando un verde fluorescente que parecía alterar la propia textura del tiempo.

A un lado se erguía la Escuela Nacional de Comercio (ENCO), y frente a ella, se extendía el vasto espacio al que llamábamos cariñosamente «el bosquecito». Era un rincón que, bajo el cuidado de Sor Thelma, se había convertido en un oasis sereno: un jardín donde las ninfas descansaban sobre el espejo de agua de pequeñas piletas, emanando una frescura que era un bálsamo en el clímax del calor.

Aquellos mismos árboles, poseídos por su verde luminoso de los cuetanos, culminaban su silenciosa metamorfosis en el mes de noviembre. No era solo un cambio de color; era una transmutación. Los orugas «gusanos» se desprendían, sí, pero para convertirse en un enjambre de mariposas amarillas. Liberadas de su forma arbórea, iniciaban una danza etérea, meciéndose al compás del viento sobre la planicie de la cancha de fútbol, junto a la escuelita que colindaba con el dormitorio de varones -aquel que años más tarde se transformaría en el prestigioso Bachillerato de Artes, el CENAR-.

Desde la lejanía, frente al auditorio y la cancha de baloncesto, el espectáculo era sobrecogedor. Se veía cómo oleadas de estos seres alados, como un manto dorado y viviente, ondulaban al unísono, creando y deshaciendo formas en el aire. Era una escena de pura maravilla: caminar por aquella cancha del Hogar del Niño era como avanzar sobre un tapiz de sueños, sintiendo cómo las mariposas acariciaban el espacio a su alrededor, rozando la piel y el alma con su vuelo ligero.

Con el paso de los años, aquel fenómeno fue desvaneciéndose hasta esfumarse por completo. Nunca más volví a ser testigo de ese sublime espectáculo que los vientos frescos de octubre, noviembre y diciembre nos regalaban. Un regalo que coincidía con las vacaciones escolares de fin de año, un tiempo en el que, paradójicamente, la euforia estudiantil cedía su lugar a una soledad impregnada de belleza.

Hoy no es más que una caricia en la memoria, un susurro nostálgico de lo que fue la Casa Nacional del Niño, conocido por todos como el Hogar del Niño - San Vicente de Paúl, en San Jacinto, San Salvador. Un instante de magia natural, efímero y eterno, grabado a fuego en el recuerdo.

aapayés

sábado, 20 de diciembre de 2025

Duerme




















Duerme
donde la muerte ya no tiene sentido,
y donde el silencio
es el eterno lenguaje del alma.

Que regocije tu recuerdo
en las manos cariñosas
de aquellos cuyo amor
no deja de ser
tu presencia infinita.

Duerme.
Duerme.
Duerme.

Que el camino es breve
para estar contigo.

Donde el no-ser pierde su nombre,
y la quietud
es la única memoria
que vibra.

Donde lo amado
es una forma del aire
en palmas eternas,
y lo que fue vínculo
persiste
como latido sin origen.

Duerme.

Que la distancia
es un pliegue
hacia tu centro.

aapayés

viernes, 19 de diciembre de 2025

En la literatura del olvido




















Vi la noche
de mi existencia,
y en el
no estabas tú.
Ni nadie más que yo.

Al hojearlo,
descubrí
un poema inconcluso.
Y sí,
no estabas tú.

Vi la noche
de mi existencia 
y terminé
rasgándome el alma:
vacía y sobria,
absurda y burda,
como un avión en el paraíso.

Sin reciclar la idea central
del verbo imaginario,
que, tan elocuente,
calcinó la idea central de la vida.

Vi la noche
de mi existencia,
y no supe leer mi infancia,
marginal y locuaz,
en la literatura del olvido.

aapayés

jueves, 18 de diciembre de 2025

En la cama de tu cuerpo




















Tu rostro
contiene el verso espiritual
para convertir tu presencia
en un poema universal.

En el limbo
de tu cuerpo
me desnudo,
como el día en que juntos
quisimos volar.

Tu cuerpo
es un infierno
y un paraíso a la vez:
un cielo de ternura,
un volcán de tentación.
Arde el amor en la explosión,
queda un mínimo margen de ilusión.

Tu rostro
es la luz y la oscuridad
de la poesía.
En el oráculo del placer,
en la orgía de saber,
es, literariamente,
un punto final
de lucidez desnuda
en la cama de tu cuerpo.

aapayés

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Conversando a solas




















Ya lo dijo el tiempo:
«No dejes nada,
que no sea la tristeza,
en el camino del olvido.

Que florezca el amor
en el alma de tu silencio,
y la nobleza de amarte
a pesar de todo.»

Y yo aquí,
conversando a solas,
como un abismo sin eco.

Suelto.
Suéltame.
Y déjate llevar
al merecido mundo
del olvido.

aapayés

martes, 16 de diciembre de 2025

La poesía que inventamos.


















¿Se sonroja el crepúsculo
Cuando mis versos acarician
El horizonte de tu boca?

¿O acaso el espejo de tus ojos
Finge la marea
Que en mis palabras anida?

Quisiera ser la metáfora
Que desviste a la aurora
Y tiñe de escarlata
la geografía de tu piel,
Leyendo el mapa
De tu desnudo imaginado
En el lecho de mis sílabas.

¿Palpita el lucero
cuando descifra
La astronomía de poseerte?
¿Un verso navegando
Los ríos subterráneos
De tu piel?

Divagar en la bruma
Es mi ritual de amor:
Escribir con tu aliento
La poesía que inventamos.

aapayés

lunes, 15 de diciembre de 2025

Ante los muertos de mis deseos




















Una caricia,
una mirada,
y un sinfín de palabras
para versar tu presencia.

Un arcoíris de ilusiones
y un beso imaginario
en la merienda del tiempo.

Me lo llevo,
me lo quedo,
y grito sin parar
la agonía de sentir
una caricia
en tu mirada fugaz.

Una mirada,
un perfil desnudo
ante el claroscuro
de la poesía,
de los versos
que emancipan
la ilusión de ser
un verso en tus pestañas.

Me lo quedo,
me desnudo,
y grito tu nombre
ante los muertos de mis deseos.

¡Qué manera de soñar contigo!
Y qué poesía,
pensar en tu regazo
mientras copulo
con la ilusión de tenerte
durmiendo.

Un amanecer,
un beso
y una caricia
con tus ojos dormidos,
acariciando el tiempo.

aapayés

domingo, 14 de diciembre de 2025

Acaricio tu ausencia




















Susurro
Un beso,
y el silencio
se lo hace suyo.

Acaricio tu ausencia
y la poesía se sonroja.

Un paraíso imaginario
en las manos
de un sueño derretido,
como el hielo en primavera,
como el gesto de una despedida.

Susurro
un beso,
y la noche lo secuestra
para bebérselo,
como a un suspiro
recién nacido.

Una caricia
a medianoche,
y la luna se emociona,
escondiéndose entre las nubes.

Susurro un beso,
y el viento se lo lleva.

aapayés

En algún lugar de El Salvador












En algún lugar,
muy lejos de las montañas de mi silencio,
habita un pastor
lleno de poesía y de historia.

Con una mano labra la tierra,
y con la otra,
la txapela vasca,
acaricia soledades.

En algún lugar,
muy lejos de mi infancia,
brota la sangre vasca
derramada en Chalatenango,
en los caminos solitarios
de una lucha compartida.

Pakito Arriaran
y Carmen González:
una gota de lucha revolucionaria.

En algún lugar de El Salvador, para vos,
compañera vasca,
compañero vasco.

aapayés

sábado, 13 de diciembre de 2025

Relato III de un prisionero político en las carceles clandestina de El Salvador









El Cáliz de la Infamia

Eran los días del secuestro y la desaparición, una época en la que el tiempo perdía su ritmo y la oscuridad se volvía tangible. Mi existencia se había contraído hasta caber en un limbo de ceguera y dolor perpetuo: vendado, semidesnudo, con los brazos inmovilizados a la espalda por esposas que mordían la carne. Un short era mi única prenda en aquellas mazmorras de los escuadrones de la muerte.

Incontables horas se habían acumulado, despojadas del consuelo del alimento o una sola gota de agua, mientras era sometido al suplicio insomne de permanecer de pie. Mi cuerpo, un fardo exánime, era arrastrado en las madrugadas lúgubres hacia otro antro, un lugar helado donde el dolor se aplicaba con saña metódica. Tras cada sesión, regresaba a mi encierro como un despojo, medio muerto por los choques eléctricos, la capucha asfixiante y la violencia innombrable que todo lo habitaba. Y cuando el agotamiento quebrantaba los últimos vestigios de mi voluntad y me derrumbaba sobre el suelo frío, la respuesta era inmutable: una lluvia de golpes que, a fuerza de brutalidad, me obligaba a erguirme de nuevo, a persistir en aquel suplicio sin horizonte.

Exhausto, al borde mismo de la disolución, sentía cómo la deshidratación agrietaba mi garganta y nublaba mi razón, convirtiendo cada pensamiento en una sombra. Fue entonces cuando, en un acto de puro instinto animal, decidí arrastrarme. A ciegas, guiado solo por el tacto de mis pies sobre la losa fría, me deslicé hacia el rincón donde intuía el baño. Me incliné sobre la taza del retrete y, en un gesto de suprema humillación, hundí la cabeza en su interior para beber.

El primer sorbo fue un veneno: un líquido espeso, de un sabor y hedor a orines y excremento que se me antojó insufrible. Pero, bajo el asco inmediato, brotó un alivio primitivo, un espasmo de vida que mi cuerpo, desesperado, reclamaba a gritos. Y volví a sumergirla. Una y otra vez, en un rito macabro, apagué mi sed con el agua putrefacta de aquel lugar.

Días después, tras otra vuelta de calvario en las celdas de tortura, repté nuevamente hacia el mismo rincón. Vencido por la necesidad, me incliné y hundí el rostro en la taza. Pero esta vez, mis labios y mi bigote no encontraron solo la humedad nauseabunda, sino la masa sólida y repulsiva de los excrementos. Una náusea visceral, surgida de lo más hondo de mi ser, me recorrió entero. Arranqué la cabeza hacia atrás con un espasmo y con las manos aún prisioneras a mi espalda, inicié un ritual de purificación desesperado del agua putrefacta, una y otra vez vaciando aquella agua inmunda, la suciedad tangible, sino la mancha indeleble de la humillación. Hasta que, agotado y vencido, no me quedó más consuelo que inclinarme de nuevo y reanudar el sacrilegio, bebiendo, una vez más, de aquel cáliz de podredumbre en las mazmorras clandestinas de los escuadrones de la muerte en El Salvador.

aapayés

viernes, 12 de diciembre de 2025

Rodando por la escalera de las nubes




















Un beso de aluminio
y el silencio
se lo hace espejo.

Acaricio tu ausencia
y la poesía pare un pez de sombra.

Un paraíso de yeso
en las manos
de un sueño derretido,
como el hielo que sueña con ser fuego,
como la despedida que construye un puente de saliva.

Susurro
un beso de raíz,
y la noche lo planta
en su jardín de párpados,
para que crezca como un suspiro
con dientes de leche.

Una caricia
a medianoche,
y la luna se desprende
rodando por la escalera de las nubes.

Susurro un beso de semilla,
y el viento lo siembra en la oreja del tiempo.

aapayés

jueves, 11 de diciembre de 2025

La noche de luna ciega












Ya no tengo el verso
que dejaste grabado
en la ventana,
esa que solías abrir
en las noches de luna ciega.

Y tú allí,
esbelta,
desnuda ante la oscuridad del tiempo,
dibujando con tu silueta
la desnudez de tus encantos.

Y escribiste
en el vidrio
el verso más sublime
de tu presencia:

Tu desnudez.

Y yo, anonadado por tu belleza,
escribí
los versos más bellos
la noche de luna ciega.

aapayés

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Ya no habrá labios para el silencio




















Ya no habrá rostro en la mirada,
ni tacto en lo imaginado.

Solo el eco de un día
que germinó sin causa,
un aprender a amar
en la geometría de tu ausencia.

Ya no habrá labios para el silencio,
ni poema que contenga
el vacío de tu forma.

Solo un perfil que viaja
por la herida del tiempo,
un amor que escribe
con tinta de nostalgia.

aapayés

martes, 9 de diciembre de 2025

Los arquetipos del olvido















Equilibrio
desmembrado en el espejo de la memoria.

Fragmentos
coqueteando con el silencio.

En la austeridad
fiel a mi elocuencia interna
escudriñé
los ecos
que una vez desvistieron al pensamiento.

Y en el umbral
mecido por sombras
estallaron
los arquetipos del olvido.

Equilibrio
memoria desintegrada
pura
sin ecos de ironía.

Y yo sin encontrar un punto 
en la memoria 

aapayés

lunes, 8 de diciembre de 2025

Comiendo heces en el cementerio




















Fui tendencia en las noticias  
El día que salí del olvido,  
Siniestro perfil  
El de las cárceles clandestinas  
Con nombres y apellidos  
De los desaparecidos.  

Pero ahí estaba yo:  
Moribundo, ciego,  
En manos de los verdugos.  
Cada minuto, un infierno;  
Cada segundo, un hilo a la muerte.  

Y fui tendencia en las noticias,  
Con un rostro nuevo,  
Resucitado a la fuerza.  
Ahí, maniatado como un loco,  
Como un desconocido,  
En medio de la nada,  
En medio del silencio,  
Mientras las cámaras preguntaban  
mi nombre.  

Silencio.  
Aturdido, abrumado,  
Por el aire arrancado,  
Ausente, ciego,  
Comiendo heces en el cementerio  
De los desaparecidos.  

Fui tendencia, y desde entonces  
Me alimenté de noticias  
El resto de mi vida,  
En las cárceles clandestinas  
Del tiempo y el silencio.  

aapayés

domingo, 7 de diciembre de 2025

La Soledad




La soledad
es un capricho del tiempo,
uno de esos detalles
que se convierten en eternidad
cuando te dejas llevar
por la corriente
del silencio compartido.

Y vuelas al infinito,
ciego y torpe,
con los párpados caídos
y las alas dobladas en la mano,
una mano llena de caricias mudas.

Pero sigues ahí,
aquí y allá,
entre las palabras no dichas.

La soledad
es un capricho del silencio.
No tiene que ver con la nostalgia,
ese gusanillo
que se transforma en mariposas
el día menos esperado.

Y sigo aquí,
y allá,
sin decir un verso de amor.

La soledad
es un capricho sin sentido,
o con el sentido
de ser
un recuerdo en las manos.

aapayés

sábado, 6 de diciembre de 2025

En las aduanas del pensamiento

















Impío soy
de mis versos,
de la poesía absurda
en los intestinos del olvido.

El vientre oscuro 
en un cielo ciego,
la discordia
y una sonrisa imaginaria
en las aduanas del pensamiento.

Y no sé nada
de lo que siento,
de lo que sientes,
de la inmaculada percepción
de un beso desnudo.

Ciruela-ando
un beso imaginario
en tu boca,
con esa lengua tentadora
de acariciar,
saboreando el sexo de la discordia.

Impío soy
de la discordia musical,
de la poesía,
de tus caderas
y de tus caricias,
atadas al cuerpo de la poesía:
a tu poesía.

aapayés